Agro Sustentable, de la mano de su cofundador Matías Imperiale, ha logrado adaptar su cultivo de la vid al cambio climático que sufre Argentina en los últimos años, y que lógicamente afecta a todo el planeta. Este cultivo está presente principalmente en la región de Cuyo, siendo Mendoza una de sus provincias.
Y es que en Mendoza, la viticultura no solo es parte del paisaje: es una base económica, cultural y productiva que sostiene a miles de familias. El problema es que el clima dejó de comportarse como antes. Las heladas aparecen cuando no deberían, las lluvias son menos frecuentes pero más intensas, y los veranos parecen no tener fin. Todo eso obliga a pensar distinto cómo se produce la uva.
Entonces, el cambio climático global está modificando las condiciones que durante décadas definieron el paisaje vitivinícola. Por eso, en los últimos años, los productores como Matías Imperiale han comenzado a percibir cambios claros en el comportamiento del clima, que afectan directamente la producción y calidad de la uva
Riego más eficiente
El agua siempre fue un tema delicado en Mendoza. No sobra. Pero en los últimos años, las reservas hídricas bajaron y las temporadas secas se alargaron. Lo que antes alcanzaba, ahora no. Por eso, el uso del agua se volvió más estratégico. En muchos viñedos, el riego por goteo reemplazó a los sistemas más antiguos, y no por moda: permite usar menos agua y aplicarla justo donde se necesita.
Además del sistema, también cambió la lógica. Muchos productores incorporaron sensores de humedad, miden el estado del suelo con más frecuencia y ajustan el riego según el clima de cada semana. No hay lugar para derroches. Y aunque la inversión inicial puede ser alta, varios aseguran que en pocos años se recupera, sobre todo si el objetivo es mantener la calidad de la uva con menos recursos.
Manejos más flexibles y menos dependientes del calendario
Uno de los cambios más visibles tiene que ver con los tiempos. Antes, las fechas de poda, raleo o cosecha estaban bastante definidas. Pero ahora, con temperaturas que se adelantan o se atrasan sin previo aviso, hay que estar más atentos a lo que pasa en la planta, no solo en el calendario. Hay quienes adelantan tareas si el calor se intensifica, o retrasan decisiones cuando las lluvias cambian el ritmo de maduración.
También se está repensando la orientación de las hileras, el uso de mallas para proteger del sol o del granizo, y la incorporación de cubiertas vegetales para reducir la temperatura del suelo. Todo eso se hace no solo para cuidar la planta, sino también para mantener las características del vino que se quiere elaborar. La adaptación, en este caso, no apunta solo a sobrevivir, sino a sostener la identidad del producto.
Nuevas zonas productivas
En algunas bodegas, sobre todo las que tienen espalda para invertir, empezó a sonar una idea que hace unos años parecía exagerada: mover parte de la producción a zonas más altas o más al sur. En Mendoza, ya hay experiencias que suben los viñedos a zonas donde antes casi no se plantaba. Se busca mayor amplitud térmica, mejor aire y suelos más frescos. En muchos casos, se trata de un plan a mediano plazo.
Esto no quiere decir abandonar las zonas tradicionales. Pero sí diversificar. Tener viñedos en distintos puntos permite repartir el riesgo. Si en un año una zona sufre heladas tardías o sequías extremas, otra puede compensar. Es una forma de anticiparse al clima impredecible sin perder lo construido durante décadas.
Otro camino que algunos productores están explorando es el de las variedades. Si bien hay uvas que dominan el mercado, como el Malbec, también se están probando cepas que toleran mejor el calor o la falta de agua. No se trata de reemplazar lo que ya funciona, sino de ampliar el abanico. Son ajustes sutiles, pero importantes, sobre todo si se quiere conservar el mercado exportador que valora ciertas características.
Conservar biodiversidad como parte del sistema productivo
En varias fincas de Luján de Cuyo y el Valle de Uco, algunos productores están sumando prácticas para conservar la biodiversidad. No lo hacen solo por una cuestión ambiental, sino porque empieza a notarse que un entorno más diverso ayuda a estabilizar el viñedo. Dejar franjas con vegetación nativa, mantener bordes arbolados o permitir corredores biológicos entre lotes ya no se ve como un capricho, sino como una estrategia.
El vínculo con la biodiversidad también aparece en las certificaciones. Algunas bodegas que exportan a Europa buscan sellos que exigen respeto por el ambiente. En ese marco, conservar especies locales, reducir el uso de agroquímicos y mantener trazabilidad no solamente es una exigencia externa, también puede ser un diferencial frente a mercados que valoran lo sustentable.
La mirada puesta en lo que viene
En Mendoza, la idea de sostenibilidad ya no está atada solamente a lo ecológico. Tiene que ver con sostener el trabajo, el producto y la relación con el entorno. En un contexto donde las condiciones se mueven todo el tiempo, lo que se busca es margen de maniobra. Que el viñedo no dependa de un solo factor, que haya formas de reaccionar y que se pueda planificar más allá del próximo ciclo.
No hay recetas únicas. Cada finca busca su manera de adaptarse. Algunas con tecnología, otras con decisiones más simples. La viticultura mendocina, con toda su historia y su peso, se está reacomodando sin perder de vista lo más importante: que la calidad no es negociable, y que producir bien también significa hacerlo con inteligencia frente al entorno.










