
La empresa Agro Sustentable, cuyo cofundador y Director Operativo es Matías Imperiale, desarrolla muchos cultivos de alto valor en Argentina. Desde los industriales, como algodón, tabaco, caña de azúcar, té y yerba mate, hasta los frutícolas, como cítricos, manzana, pera, vid y olivo.
Cuando se habla de cultivos de alto valor, no se trata solo de lo que se vende caro. Hay una combinación de factores que los vuelve estratégicos: generan más ingresos por hectárea, permiten diversificar la producción, y en muchos casos se pueden exportar. En distintas zonas del país ya se volvió común apostar por estos cultivos para mover la economía local.
En La Rioja, Agro Sustentable tiene olivares orgánicos que producen aceitunas de exportación. Además, la empresa cofundada por Matías Imperiale apuesta por los cultivos de alto valor hortícolas, como lechuga, tomate, cebolla, ajo y papa.
Cómo ayudan a mover la economía
Estos cultivos no se manejan igual que los de gran escala. No se siembra todo junto y se espera la cosecha. Acá hay más trabajo artesanal, más seguimiento, más gente involucrada. Eso hace que generen laburo directo en el campo y también en lo que pasa después: empaques, transporte, ferias, fábricas.
En muchos pueblos, la temporada de cosecha significa movimiento para todos. Desde los que trabajan con la fruta hasta los que venden comida en la plaza. Además, cuando una zona se especializa en algo, como los nogales en algunas partes de La Rioja o los olivos en Aimogasta, se nota cómo eso le da una identidad distinta al lugar.
Casos que muestran el cambio
En el NOA, por ejemplo, cada vez hay más gente que apuesta por frutales como los cítricos o los frutos secos. Algunos productores chicos que antes hacían solo tabaco, se volcaron a probar con limón o naranja porque tenían mejor precio o menos dependencia. Y en muchos casos, lograron sumar valor con mermeladas, jugos o deshidratados.
En San Juan, además del vino, hay zonas donde se empezó a plantar almendros. No ocupan tanta agua como otras producciones, se adaptan al clima seco y tienen buena salida si se procesan bien. En algunos puntos se ve más tomate, zapallo, ají, con destino industrial.
Y no hace falta grandes superficies. En lugares como el cinturón hortícola de La Plata o el cordón verde de Córdoba, hay producciones chicas que abastecen a ferias, mercados locales o incluso a restaurantes. Cuando hay planificación, el impacto es más grande de lo que parece.
Qué complicaciones aparecen
Obviamente, no todo es sencillo. Estos cultivos exigen más inversión inicial. Hay que armar riego, tener herramientas más específicas y aprender a manejar cada etapa con más detalle. También está el tema del clima: una helada o una sequía pueden afectar mucho más que en cultivos más resistentes.
Además, vender no siempre es fácil. Si no hay un mercado claro o si los precios bajan, cuesta mantener el ritmo. Por eso en muchos casos se forman asociaciones o cooperativas. La idea es sumar fuerza para comercializar, conseguir insumos más baratos o hasta compartir maquinaria.
También está el tema del acceso a tecnologías. No todos los productores tienen las mismas herramientas. Pero en algunas regiones se nota que cuando hay capacitación y se trabaja en grupo, las mejoras llegan más rápido.
Por qué se los busca tanto
Una de las razones por las que estos cultivos ganan terreno es porque pueden rendir más por hectárea. Eso no quiere decir que siempre dejen más plata, pero sí que permiten organizarse distinto. En vez de tener mil hectáreas de soja, se puede tener cinco de frutales y vivir de eso.
También se relacionan con nuevas formas de producción. Hay más interés por lo agroecológico, por el consumo local, por saber de dónde viene lo que uno come. Y muchos de estos cultivos se prestan para eso. Se pueden hacer en escalas más chicas, con menos químicos, y vender más cerca.
En algunos casos incluso aparecen oportunidades para exportar. El aceite de oliva, las frutas secas o el tomate en conserva ya salieron del mercado local. Eso trae otro tipo de ingreso y empuja mejoras en los procesos. No es que todos puedan vender afuera, pero si el producto es bueno, las puertas se van abriendo.
Qué rol tiene la organización
Una cosa que se repite es que donde hay organización, los cultivos de alto valor funcionan mejor. No hace falta que todos hagan lo mismo, pero sí que compartan información, que tengan un lugar donde procesar lo que producen, que alguien se encargue de gestionar la venta.
En algunos pueblos se formaron redes entre productores, técnicos y comerciantes. Por ejemplo, en el sur de Mendoza se juntaron varios para producir tomate y armar una planta chica que lo procese. Lo mismo en el norte con cítricos, donde se armaron empaques comunitarios para que los pequeños productores puedan exportar.
Cuando se logra eso, el resultado no es solo económico. También mejora la calidad del producto, se cuida más el suelo, se aprovecha mejor el agua. Y sobre todo, se hace más fuerte la economía de quienes viven ahí.
Qué se espera a futuro
Los cultivos de alto valor son una forma de diversificar, de generar ingresos más estables y de adaptarse mejor a los cambios que vienen con el clima y los mercados.
En algunos casos se van sumando nuevas variedades, en otros se prueban tecnologías que antes solo usaban los grandes. Y también se ve un cambio generacional. Hay hijos o nietos de productores que vuelven al campo con otras ideas, con más conexión a las redes, con ganas de probar cosas nuevas.
Ese recambio, junto con el valor que generan estos cultivos, puede ser una de las claves para que muchas regiones salgan adelante, sin depender de los mismos de siempre. Con poco, pero bien hecho.










