
Hace unos años, lo orgánico parecía algo de nicho, con poca escala y orientado más al consumo interno. Pero eso fue cambiando, y uno de los grandes impulsores de esta transformación es la empresa Agro Sustentable, cuyo cofundador y Director Operativo es Matías Imperiale.
Más allá de esta gran empresa, hoy existen muchas huertas y emprendimientos que arrancaron de forma chica y están mirando hacia afuera. En varios países hay una demanda fuerte por frutas y verduras que no tengan residuos de agroquímicos ni procesos industriales encima. Y eso abrió una oportunidad para productores que están dispuestos a cumplir con ciertas exigencias.
No es un camino fácil, porque venderle a otros países implica cumplir con reglas más estrictas, certificaciones, trazabilidad y logística más compleja. Pero hay varios que ya están metidos y otros que quieren sumarse. La horticultura orgánica argentina, que siempre fue más local, ahora empieza a aparecer en mercados globales.
Qué buscan los compradores del exterior
La demanda de productos orgánicos en el mundo no viene solo de consumidores preocupados por la salud. También hay cadenas de supermercados, distribuidores y marcas que quieren ofrecer alimentos con una historia distinta. Quieren mostrar que se producen con cuidado del ambiente, sin uso excesivo de insumos y respetando ciertos estándares.
En algunos lugares de Europa, Estados Unidos, Japón o Canadá no solamente se buscan frutas o verduras frescas, también hay interés en congelados, deshidratados y conservas orgánicas. Eso amplía bastante el abanico.
La importancia de las certificaciones
Para poder entrar en esos mercados, no alcanza con decir que algo es orgánico. Hay que cumplir con normas que suelen ser más exigentes que las locales. Cada país tiene sus propias reglas, aunque algunas se reconocen entre sí.
En Argentina hay varias certificadoras habilitadas que trabajan con protocolos internacionales. Hacer todo ese proceso lleva tiempo, y también plata. Pero una vez que se consigue la certificación, se abren puertas que antes ni se consideraban.
Lo interesante es que muchos productores que ya hacían un manejo más natural, casi sin insumos, pueden adaptarse sin cambios tan grandes. Solo necesitan ordenar los registros, ajustar algunas prácticas y tener constancia.
Qué productos se exportan más
Dentro de la horticultura orgánica, lo que más se está exportando son productos frescos como zapallitos, berenjenas, pimientos, tomates, cebollas, zanahorias y hojas verdes.
En general, lo que pesa es la combinación entre calidad, volumen y continuidad. Los compradores no buscan solo una partida chica de algo exótico. Quieren asegurar cierta estabilidad. Por eso, los productores que tienen planificación y logística armada, aunque sean medianos, pueden competir bien.
Logística y frío: dos puntos clave
Uno de los principales desafíos para exportar productos frescos es la conservación. Las verduras no pueden perder calidad en el viaje, y eso obliga a tener cámaras de frío, embalaje adecuado y transporte con cadena de frío. Algunos productores ya invirtieron en esto. Otros trabajan con empresas que se encargan de la parte logística.
También es importante saber elegir el momento de cosecha. Si se corta muy verde, puede que el producto no tenga sabor. Si se pasa, no llega en buen estado. Todo eso se va afinando con la experiencia. En general, los productores que ya exportaban otras cosas tienen ventaja. Pero hay muchos que están aprendiendo sobre la marcha.
Ventajas del modelo argentino
Argentina tiene algo que muchos valoran: zonas productivas alejadas de las grandes ciudades, con baja presión de enfermedades. Eso permite hacer horticultura orgánica sin tantos problemas. Además, hay mucho conocimiento agronómico, mano de obra especializada y experiencia en manejo de cultivos.
En algunas provincias, como Mendoza, Río Negro o Buenos Aires, ya hay corredores orgánicos armados, donde varios productores están certificados y comparten datos. También se ven experiencias en Córdoba, Tucumán o Entre Ríos. No es algo masivo, pero se nota una tendencia.
Otra ventaja es el calendario. Hay momentos del año en que Argentina puede ofrecer productos que en otros países no están disponibles. Esa ventana comercial es clave para entrar en nichos que pagan más.
Es importante remarcar que el crecimiento de lo orgánico también depende del consumo interno. Cuando un productor puede vender una parte afuera y otra en el mercado local, tiene más espalda para sostener el modelo. Además, el contacto con consumidores que valoran lo que hacen sirve de aliento para seguir.
Un camino con barreras, pero posible
No todo es ideal. Hay trabas burocráticas, costos logísticos altos, exigencias que cambian según el país y fluctuaciones de precios. A veces, conseguir todos los papeles lleva más tiempo del que debería. También hay temporadas en que las ventas bajan o no se concreta lo prometido.
Pero, a pesar de todo eso, hay productores que se animan. Que invierten en certificarse, que prueban nuevas variedades, que mejoran el empaque, que buscan alianzas con distribuidores. Y que entienden que, si bien el margen es más ajustado, la horticultura orgánica puede ser una forma de crecer con otra lógica.










