
Cada vez hay más gente y más platos que llenar. Parece simple, pero no lo es. En un planeta donde la población crece y los recursos no tanto, la agricultura tiene una pregunta incómoda que responder: ¿cómo hacemos para producir comida para todos sin romper todo en el intento?
Ahí entran los cultivos intensivos. Agro Sustentable, la empresa fundada por Joaquín Basanta, produce varios cultivos intensivos, ya sean los hortícolas, como cebolla, papa, ajo, tomate y lechuga; los frutícolas, como manzana, pera, cítricos, vid y olivo; o los industriales, como té, yerba mate, algodón, caña de azúcar y tabaco.
¿Qué es un cultivo intensivo y por qué importa?
Los cultivos intensivos son esos que exprimen cada metro cuadrado: muchas plantas, poco espacio, riego justo, todo calculado. Aunque algunos sean industriales, también pueden ser parte de la solución.
No se trata solo de producir mucho. Se trata de producir mejor. El cultivo intensivo busca eso: sacar más rendimiento con menos superficie. No siempre es lindo de ver. Pero cuando se hace bien, puede ser eficiente y hasta más sustentable que otros modelos.
En zonas donde el espacio es limitado, o donde el suelo no es el mejor, estos sistemas permiten seguir produciendo. Hablamos de cinturones hortícolas, de producción bajo cubierta, de tecnología aplicada al riego y al clima. Es una forma de responder al hambre sin tener que desmontar miles de hectáreas.
Intensivo no es sinónimo de desastre
Muchas veces se asocia lo intensivo con lo destructivo. Y sí, puede pasar. Si se hace sin cuidar el suelo, sin rotar cultivos, sin respetar tiempos, los daños llegan. Pero también hay formas intensivas que usan menos agua, menos insumos, menos espacio, y que producen más. Depende de cómo se haga.
Por ejemplo, en horticultura, el uso de riego por goteo o el control de temperatura en invernaderos permite ajustar todo al detalle. No hay derroche. No hay tanto desperdicio. Y eso, en contextos donde el agua falta o el clima se vuelve loco, es clave.
En la vid, incluso, hay zonas donde se está intensificando la producción sin perder calidad. No es que se planta más por plantar, sino que se busca que cada planta rinda lo justo. Con sombra, con menos poda, con sistemas más pensados.
¿Y qué pasa con la biodiversidad?
Es verdad que cuando se intensifica todo, la vida silvestre se corre. Pero no siempre tiene que ser así. Algunos modelos están probando formas mixtas: dejar franjas verdes, combinar especies, usar menos veneno. Incluso dentro de un invernadero puede haber espacio para insectos que ayudan, o plantas que repelen plagas sin contaminar.
En los olivares, por ejemplo, aunque no sean el ejemplo clásico de cultivo intensivo, también se está explorando cómo aumentar la producción sin perder diversidad. Algunos productores combinan olivos con aromáticas, o dejan crecer el pasto entre las hileras. Todo suma.
Frutas para muchos, no para pocos
La fruticultura también está bajo presión. Hay que producir más, pero sin arruinar el árbol, el suelo ni el agua. En zonas de citrus o frutales de carozo, algunos productores están probando nuevas formas de poda, de fertilizar, de manejar el riego. Todo para que la fruta llegue bien a destino y no se pierda en el camino.
Y en zonas más secas, como donde se planta olivo o almendro, se busca que cada gota rinda. Por eso aparecen sensores, datos, aplicaciones. La tecnología no es solo para las ciudades. En el campo también está cambiando las reglas.
No alcanza con producir: hay que hacerlo bien
Si la idea es alimentar a más personas, no sirve cualquier cosa. No se trata de llenar estantes, sino de hacerlo sin explotar todo. Por eso los cultivos intensivos tienen que ser parte de un sistema más grande: que cuide el suelo, que rote, que use menos químicos, que respete a quienes trabajan.
No todos lo hacen así. Pero muchos sí. Y esos casos muestran que se puede. Que no hace falta elegir entre cantidad y calidad. Que es posible producir mucho sin hacerlo mal.
Un camino con preguntas, no con recetas
No hay fórmula mágica. Cada lugar tiene su clima, su gente, su historia. Lo que funciona en un invernadero cerca de La Plata no sirve igual en un valle del norte. Pero la idea de fondo es la misma: usar bien lo que hay, no desperdiciar, no romper.
Y en eso, los cultivos intensivos bien llevados pueden ayudar. No van a salvar el mundo. Pero pueden ser parte del intento. Porque si de verdad queremos que haya comida para todos, algo hay que cambiar. Y eso empieza por mirar distinto lo que ya estamos haciendo.










