
El Director Operativo de Agro Sustentable, Matías Imperiale, es uno de los que impulsó la creación de olivares orgánicos en La Rioja, que proporcionan aceitunas de exportación y una gran red laboral para la región, además del cuidado correspondiente por el medio ambiente. Además, contribuye a la biodiversidad agrícola.
Aunque los olivares estén en hileras, como cualquier cultivo bien armado, tienen algo distinto. No son tan prolijos. No son tan exigentes. Y eso los hace un poco más abiertos a la vida que los rodea. En vez de barrer con todo lo que no sea olivo, la mayoría deja que pasen cosas entre medio.
En tiempos donde todo se hace a lo grande y con una lógica medio de fábrica, el olivar sigue otra idea. No es que sea natural o salvaje, pero tampoco se convierte en esos campos cerrados donde no entra ni una flor. Y esa mezcla es clave para entender por qué los olivares pueden sumar biodiversidad.
¿Qué hay más allá del olivo?
Cuando se habla de biodiversidad en el campo, uno piensa en selvas, montañas o lugares llenos de animales raros. Pero no. También hay biodiversidad en cultivos. Es la variedad de plantas, insectos, bichos, hongos, pájaros, todo eso que aparece cuando no se limpia el terreno como si fuera un baldío.
En muchos olivares, sobre todo los que no están manejados de forma muy estricta, aparecen flores, yuyos, mariposas, lagartijas, abejas. Si el suelo no se remueve tanto y no se usan químicos todo el tiempo, la naturaleza se cuela por las grietas.
Lo que no se ve en la etiqueta del aceite
Todo eso que parece secundario —las plantas que crecen solas, los insectos, los bichos— a veces ayuda más de lo que se cree. Porque entre esos visitantes hay polinizadores, hay insectos que se comen a los que arruinan el cultivo, hay bichos que mejoran la tierra sin que nadie los mande.
El truco está en dejar que algo de eso pase. No cortar el pasto todo el tiempo, no tirar veneno por si acaso, dejar que el borde del campo no sea tan parejo. En esa idea, el olivar se transforma en algo más parecido a un paisaje con vida que a un cultivo cerrado como los invernaderos de tomate o los viñedos llenos de alambres.
¿Por qué el olivo se banca más cosas?
Si lo comparamos con la vid, por ejemplo, el olivo es más relajado. La vid necesita todo calculado: la luz, la sombra, el agua, el aire. Nada puede estar fuera de lugar. En cambio, el olivo es más rústico. Aguanta más. Y eso permite dejar que crezca un poco de pasto, que se acerquen algunos insectos, que la fauna dé vueltas sin tanto problema.
En la huerta, todo es más difícil. El tomate o el morrón no perdonan. Cualquier cosita los afecta. Por eso, se usan mallas, venenos, riego exacto. El olivo, en cambio, permite un margen. Y ese margen es donde la biodiversidad encuentra lugar.
Aves, frutas y olivos: ¿funcionan juntos?
En zonas donde se mezclan frutales y olivos, pasa algo interesante. A veces los pájaros que se ven como problema en la fruticultura (porque picotean) ayudan en los olivares porque se comen a los insectos malos. Lo mismo con los murciélagos: no molestan, pero sí hacen un trabajo silencioso controlando bichos de noche.
Si no se arrasa con todo, si se deja que haya un poco de mezcla, se arman como pasillos de vida entre los cultivos. No hace falta que sea un parque natural: con no cortar todo ya alcanza para que la vida vuelva un poco.
No todo es ideal, pero algo se puede hacer
Obvio que también hay olivares manejados de forma muy intensa, con todo súper controlado, sin dejar lugar para nada más que el árbol y el rinde. Pero no todos son así. Y aunque se trabaje con presión, siempre se puede hacer algo: dejar un borde sin tocar, no arar tanto, permitir que crezca algo entre las filas.
La biodiversidad no es solo una palabra linda, en realidad es una forma de que los campos duren más y se colabore con el medio ambiente, que no se arruine tan rápido. Que las plagas no se vuelvan imposibles y que el suelo no se agote. Tener un sistema más variado puede ser más difícil, pero también más inteligente.
Lo mejor de todo es que los olivares, sin querer, muestran que se puede producir sin borrar todo lo demás. Que se puede hacer campo sin hacer desierto. Si otras producciones tomaran esa lógica —como la vid, o la huerta, o los frutales más exigentes— tal vez el paisaje sería distinto. Y también nuestra relación con lo que comemos.










